martes, 25 de marzo de 2014

Sol a la vista.


El hecho de coger la costumbre de fotografiar la posición de mi Sol a las 19:15 de cada día para comprobar que se mueve de verdad, me hace pensar que estoy más pendiente del exterior de La Tierra que de los que pisamos el suelo. Subo a las 19:10 , para llegar con tiempo a la azotea, con pasos firmes, a veces saltando y a veces casi a rastras, con el viento despeinándome y chocando contra mi cara, la cámara en la mano y la misma duda de siempre: ¿se habrá movido mucho de ayer a hoy?
No hace mucho que lo hago, por lo que aún no tengo la evidencia de que realmente eso de que los días se hacen más largos, cuando pasamos de invierno a primavera y de primavera a verano, y que el atardecer se retrasa sean verdad. Que me lo creo, pero me han enseñado a pensar por mí misma. Obviamente no lo haré con todo, pero sí con lo que llame mi atención. 


Mis fotos no tienen la mejor calidad, pero sí la mejor intención. Hay en frente -justo por donde mi Sol se me escapa- unos bloques de piso que me impiden ver con claridad cuándo exactamente ese enorme lunar amarillo deja de hacernos el día. Los derrumbaría si no viviese gente ahí. ¿Demasiado egoísta? Puede, pero no creo que muchas personas se paren a ver lo que yo ansío fotografiar cada tarde.
A lo que voy. Hoy, día 24 de marzo de 2014, he subido enfadada. Había nubes tapando mi objeto de observación y yo no he querido comprender que ellas también son parte de la naturaleza; hice mi fotografía y me quedé escuchando una canción de Birdy, 'Wings'. ¿Casualidad que se llame así? Si aún siguiera creyendo en las casualidades sería para darme con un palo. Pero de eso hablaré otro día. Lo más emocionante del cortometraje en directo, con banda sonora y todo, que he vivido esta tarde ha sido que había una pareja paseando cogida de la mano, hablando de voz a voz, de cara a cara, con palabras sonoras y no escritas, y sin móviles de por medio. Pero aún hay algo mejor, y es que una chica se ha caído del triciclo y se ha levantado, como si nada, a darle un beso al chico que la empujó.
Si aún pensamos que el mundo se nos va de las manos es porque no hemos aprendido a ver lo que nadie más ve. No hemos aprendido a ver cómo nuestro Sol se esconde lentamente cada tarde delante de nuestros ojos aunque esté detrás de las nubes.