jueves, 4 de junio de 2015

Con cuidado.

Tengo los pies desnudos. 
Y las manos inquietas.
Algún síndrome anónimo que tenga que ver con los filos cortantes de la sensibilidad. Apuntan hacia mí, y he decidido mojarlos. Bandera de cristal, llevo, soy y estoy.
           Disuelta, ahora.
Con los pies desnudos, y despeinada de punta a raíz, como silueta de ola.
Grieta que aprieta, pero sin dolor. Acelera y, lo que no, frena, pero esta vez sin arena.

Tengo los errores plegados en las comisuras de los ojos. Hablan de quedarse ahí para siempre, mezclándose con la elegancia de las pestañas. Y tienen mi permiso, ya les he quitado los zapatos.

Acércate. Sólo acércate, siempre y cuando tú también tengas los pies sin ropa ni pijama. De puntillas. Hoy, acércate, sólo si entiendes que me acabo de hacer sal de cristal y no sobrevivirían más que las caricias con imán y los abrazos por detrás.