sábado, 24 de mayo de 2014

He aquí una Banks.

<<Viento del este, y niebla gris, anuncian que viene lo que ha de venir. No me imagino qué irá a suceder, mas lo que ahora pase, ya pasó otra vez.>>

No todos los días conozco a alguien que me haga un regalo, alguien que me traspase la pupila, que llegue para moverme hacia delante el pie que llevo tambaleando suspendido mucho tiempo sobre el suelo, que me gire la cabeza, que no se corte en empujarme o frenarme, que no dude en reprocharme, que se queje cuando le duelo y que me duela cuando se queja. O sí.

¿Cigüeñas? Aves. Compre migas de pan. Dos peniques nada más. Yo he aprendido a hacerlo, lo hago cada mañana con la primera bocanada de aire que respiro conscientemente. Por eso, empiezo a pensar que sí, que todos los días conozco a alguien que consigue echarle un poco de azúcar en esa píldora que me dan. Menudo frenesí con el que llego a la almohada.

Preocúpese si nunca se ha elevado de la risa. Preocúpese si nunca, al montar en un tío-vivo, cerró los ojos imaginando que aquello saltaba casi sin gravedad. Si nunca ha querido bailar con pingüinos , o si nunca ha sido cometa y ha necesitado que le suelten el cordel. Tenga cuidado y límpiese antes de. Aunque luego llegue el deshollinador por las rodillas, dando vueltas, como volando, por la cornisa, por los tejados, al compás.

Cuando se vea capaz de recibir una visita fortuita de alguien que viene, cual cigüeña trayendo a un hijo, para ofrecerle azúcar, eche a suerte. Compre, compre, migas de pan.

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