domingo, 15 de marzo de 2015

Empújame tú, que yo ya ni eso.

'Hacía mucho frío, y ella no se lo esperaba. Ponía un pie en cada escalón pensando si le daría miedo al estar oscuro, y justo al abrir la puerta se sintió movida por el aire, desplazándose por aquel suelo rojizo que siempre deja marca en la suela de los zapatos. El aire la llevó a donde va siempre que necesita pensar, o no pensar. Se asomó por encima del borde y observó que todo sigue igual. Que los autobuses siguen su línea, que el pimiento morrón sigue mal aparcado, que hay tres bancos ocupados en la plaza y algún carrito de bebé.

Le daba igual lo que pasara ahí abajo pero sintió ganas de llorar y tuvo que darle la espalda al paisaje. Tenía las manos en los bolsillos y su barbilla no paraba de tiritar. Y no por frío, pues rompió de nuevo a llorar.

Suena "October" en sus oídos. Su cabeza empieza a balancear de un lado a otro diciendo "no", y ella cae al suelo. Recogió sus piernas y las abrazó para apoyar la frente en las rodillas. No sabía que se le escuchaba como su cuerpo crujía entero al romperse poco a poco. Y decidió levantarse cuando las piernas ya no estaban desmayadas. ¿Para qué? Para darse la vuelta y volver a mirar. Esta vez al horizonte. A aquella luz del puente que siempre le hizo pensar que son estrellas fugaces que estallan continuamente. Y quiso quedarse para pedir un deseo antes de irse.

Frotó la manga de la sudadera por su cara y cogió las llaves para volver, ya había terminado con la estrella fugaz.'

Cualquier persona ahora se preguntaría qué deseo pidió. Cuando en realidad, lo que importa son las cientos de metáforas que me he comido de la historia de esta chica. Porque aunque ha visto tantos agujeros, ha decidido seguir jugando.

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