Me habéis sorprendido. Y siento decir que para mal.
Compartir la vida con adultos adultos (repito porque es necesario) me da sensación de madurez siendo yo la adulta no adulta.
He descubierto que los celos existen en parejas adultas adultas que ni imaginaba. He escuchado "no necesito exprimir más zumo, porque ya tengo el que quiero" y que la naranja resultase ser amarga. Situaciones y expresiones que siempre he visto de edades bajas y que desde hace poco he sentido en edades maduras. O aparentemente maduras.
Me surgen muchas preguntas. Preguntas parecidas a "¿dónde habéis metido la confianza en las personas?" porque yo he llegado aquí con la confianza adornada hasta con lazo y no quiero guardarla. El peor problema es que también me surge la pregunta de "¿a quién le pregunto esto si no sé quién puede decirme la verdad?". No puedo perdonar que me creéis inseguridad, no puedo.
No voy a engañaros, tengo ganas de llorar por haber llegado a una fase y ver que no es como me la esperaba, ver que los que más se asemejan a mí no piensan como yo y me siento un bicho raro.
Yo no sabía que hacerse mayor era esto. Y si lo hubiera sabido, ahora estaría luchando contra Garfio. Luchando dentro de la fase adulta no adulta de la que no pienso salir porque he llegado a sentir realmente miedo de la adulta adulta. Y lo veo innecesario.
Aclaro que no significa que no quiero crecer. Significa que aplaudo a los menores de diez años porque la confianza, respeto y autenticidad de una niña o un niño (ya por fin rompo a llorar) son valores infinitamente mejores que los de un adulto adulto que ha dejado de reirse de hacer dibujos con azúcar en el plato, para reirse de los cuernos que su amigo le ha puesto a la persona que falsa, aparente y cobárdemente quiere. Y no pido perdón por decir que no pienso ser de vuestro equipo de adultos adultos.
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